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jueves, 29 de agosto de 2019

Libertad y propaganda




“Niemand ist hoffnungsloser versklavt als jene, die fälschlicherweise glauben, frei zu sein.”

― Johann Wolfgang von Goethe

Johann Wolfgang von Goethe (28 de agosto de 1749-22 de marzo de 1832) era un escritor, filósofo, poeta, novelista, dramaturgo y científico alemán.

Goethe pertenece a la última generación que vio el entorno como un todo cognoscible. El hombre del XVIII podía comprender el funcionamiento de sus aparatos domésticos y estar al tanto del último descubrimiento astronómico. Es por lo tanto la descripción precisa de las causas un caractersitica de su discurso.

Uno de los temas centrales de la obra de Goethe era la tensión entre la libertad del individuo y la fabrica social. Goethe busca el límite, corrosivo y fascinante, donde las decisiones individuales se desvían o revierten por la influencia de los otros. Para Goethe la libertad era un privilegio que había que ganar individualmente, decía Goethe: Sólo es digno de libertad quien sabe conquistarla cada día.

¿Cómo singularizar la experiencia en un ámbito donde las normas sociales y religiosas definen la conducta? Goethe defendió a ultranza la libertad individual pero alertó sobre sus excesos. En este empeño el diablo aparece como inesperado auxiliar de la sabiduría. En el "Prólogo en el cielo", de Fausto, la desaforada búsqueda de conocimientos suscita una curiosa alianza entre Dios y el diablo. El Creador explica: "el hombre se extravía siempre que, no satisfecho de lo que tiene, busca su felicidad fuera de los límites de lo posible." Mefisto nos aconseja: Rompe con todo, sé libre, y averigua todo lo bueno de la buena vida. Mefistófeles simboliza a la sociedad para cuyos miembros resulta importante el bienestar personal, no el bien común.

La tensión dialéctica entre la realización individual y la cohesión social que preocupaba a Goethe se da en el contexto del trabajo de parto del sistema capitalista basado en la competencia individual y empresarial, en vez de la posesión de recursos y privilegios de casta obtenidos por derecho de nacimiento. Goethe nos dice con una intuición profética: Nadie es más esclavo que aquel que falsamente se cree libre. Esta frase representa a nuestra sociedad actual, donde los que gobiernan, mandan y deciden sobre la vida y el futuro de los demás mortales, sin respeto o consideración con el prójimo.

La propaganda se asocia en el discurso formal con regímenes autoritarios, pero es parte de la practica y vocación de todos los gobiernos. Estados Unidos, adalid de la democracia y la libertad, a desarrollado una tecnología de control de masas de gran sofisticación y eficiencia que se ha difundido por el mundo entero. Estos esquemas de control se apoyan en la creación de micro mundos, burbujas, esferas que otorgan seguridad y sentido de pertenencia al individuo y a las sociedades más desarrolladas. Es una desigualdad planificada (político-social-económica) en el mundo que genera división y conflicto. La seguridad o inseguridad se mide por comparación y se aplica según los intereses del Estado y el Capital.

Donde hay acumulación hay limitación, y por ende inseguridad y desconfianza en un mismo y en el prójimo. El hombre moderno sólo se siente libre en la ejecución de funciones primarias, como alimentarse o en la práctica sexual, porque para la massa damnata, su supervivencia está supeditada al trabajo asalariado, es decir, a una forma de trabajo impuesta, dependiente y sumisa que hace difícil hallar algún atisbo de libertad o creatividad en el trabajo que se desempeña.

El grado de manipulación o sumisión viene determinado por la asimilación y creencia que tiene cada individuo o colectivo de la propaganda que emana del Poder. En este contexto la propaganda determina la conciencia del sujeto o como dirían los marxistas, "el individuo es un producto de la sociedad." Si la propaganda como tal no ejerciera el influjo sobre el hombre, dejaría de tener la relevancia para modificar el pensamiento y la conducta sobre la sociedad.

El pensamiento único o más bien unidimensional, se impone, asimila y adscribe y por la tanto se consiente, tolera y finalmente también se acaba ejerciendo como dogma de fe por parte del individuo y de la sociedad. Si no existiera una élite de poder, la propaganda dejaría de tener la relevancia que tiene en la actualidad para el individuo y la sociedad.

Por dar un ejemplo concreto de esta falta de libertad que se da en las sociedades democráticas es el hecho establecido que el ganador de un proceso electoral es el que más invierte en su campaña. Andrés Manuel López Obrador utiliza para promoción de su imagen millones de spots. Mientras más nos acercamos a los procesos electorales, más se ve la calamidad que es la ley electoral mexicana para quien quiere expresarse con libertad. Ciertamente hay consejeros electorales o magistrados que se exceden en la interpretación de la ley, pero es una ley que ellos no hicieron y que les toca aplicar. Es entonces cuando el criterio personal o la falta de éste genera acciones de corte persecutorio. El INE la emprendió contra Joaquín López-Dóriga, Javier Alatorre y otros periodistas porque hablaron mal del instituto. La cosa no pasó a mayores, pero el puro efecto de amedrentar la libertad de periodistas es francamente absurdo.


Entre las víctimas del terror del 11 de septiembre en Nueva York y Washington se encuentra la gran prensa estadounidense, en especial los noticieros de televisión comercial. Diezmadas por la autocensura, la caída económica y el deber de informar patrióticamente, las cadenas privadas de noticias angloamericanas están lejos de ser el “Quinto Poder” que soñaron ser antes de perder su rumbo en el último cuarto del siglo XX. Televidentes con experiencia ratifican a diario cómo el periodismo audiovisual de la Guerra Fría, a pesar del provincialismo y el oligopolio de la época, enfrentó con decisión y relativa independencia los retos del Macartismo, de la era espacial, del asesinato del presidente Kennedy, y de las revueltas por derechos civiles o contra la guerra del Vietnam. Lamentablemente, los noticieros comerciales de la actual globalización y la lucha contra el terrorismo en Estados Unidos tienen poco que ver con la televisión de la edad dorada.

Edward R. Murrow, el gran comentarista del entonces nuevo medio de la televisión creía por ejemplo que los programas noticiosos desperdiciaban la Primera Enmienda si no promovían un debate libre y vigoroso, con escenarios abiertos, con una práctica de obtener noticias independientemente, y con una actitud crítica hacia los asuntos públicos. Desilusionado, no tuvo más alternativa que renunciar, acusando a las cadenas de una comercialización y una sed de ratings que acabaría por asfixiar al periodismo audiovisual.

Murrow, con increíble precisión, adivinó la suerte del periodismo actual por televisión hace cuarenta años. El replanteamiento, puramente mercantil y tecnológico del viejo precepto del libre mercado de las ideas, empujó a las cadenas privadas en los años ochenta a concentrarse casi exclusivamente en la rentabilidad. Atemorizadas por la competencia interna (Fox Network), la televisión por cable (CNN), el satélite y otros sistemas, la industria de la televisión comercial adoptó una evidente actitud prorrégimen al lado de los grandes intereses del gobierno o del mundo empresarial, según le favoreciera. Envueltas en un torbellino de fusiones, con alianzas comerciales que para mediados de 1990 ya alcanzaban los 375 mil millones de dólares al año en Estados Unidos, las cadenas de TV comerciales buscaron asegurar o establecer lazos rentables con los consorcios transnacionales.

La tendencia a la megaempresa y la concentración, aun con la diversidad por el ingreso de nuevas tecnologías y canales, hundió a los noticieros en un festín de inversiones e intereses cada vez más opuestos a la “objetividad” y la libertad de prensa. Para fines del siglo XX, la industria de la noticia por televisión comercial en Estados Unidos era un negocio de dura competencia entre la CNN, subsidiaria del poderoso conglomerado AOL-Time Warner, y las cuatro grandes redes al aire con sus respectivas casas matrices: NBC-General Electric, Fox-News Corporation, CBS-Viacom, y ABC-Disney. Las semi cadenas UPN y WB ya habían caído también en manos de los conglomerados, mientras que las hispanas, Univisión y Telemundo, jugaban un papel muy marginal.

Una ideología es un conjunto de valores, creencias, en parte falsas, opiniones, actitudes, compartido en diversa medida por los miembros de una clase social, un grupo de interés, una élite, una profesión, un partido, que tiene la función principal de describir, explicar y sobre todo justificar para sí y para los demás la posición o el estatus presente o bien las acciones dirigidas a mejorarlo. Es decir, una ideología es portadora de una función política ya sea conservando o subvirtiendo los valores de determinado orden social.

En síntesis, la ideología refiere al mundo de las ideas, y como tal, su origen (el del propio concepto de idea) arrastra una ambigüedad entre lo que es y lo que es percibido, lo que la visión genera/construye a partir de la realidad que mira. La ambivalencia entre la verdad y la negación de esta alcanzó desde el marxismo su expresión más acabada. La gran dificultad que presenta ese enfoque es que supone la existencia de una verdad no ideológica, de un acceso a la realidad que no está mediado por lo simbólico, o que dicha mediación puede ser aséptica, pura. Entre los abordajes actuales predomina una concepción de la ideología que no la reduce a la distorsión intencionada y manipuladora de la realidad -que por supuesto sabemos que existe-, sino que acepta que las ideas, los sistemas de creencias desde los que vemos el mundo difícilmente -imposiblemente- puedan ver la realidad tal cual es, por lo que lo ideológico estaría presente en todo visón del mundo, ya sea su intención de conservarlo o subvertirlo.
Las creencias ideológicas son las grupales, aquellas que remiten a los intereses específicos de un grupo al interior de un conjunto social más amplio compuesto por otros grupos en conflicto -o al menos en competencia. Desde esta idea, las creencias grupales se distinguen de las culturales, es decir, de aquellas que constituyen la base común compartida por un conjunto de grupos sociales. En una sociedad en la que una gran mayoría es católica, las creencias religiosas (el catolicismo) tienden a pasar de ser creencias ideológicas para constituirse en creencias culturales.
Sintéticamente, la ideología aparece como la base (por ser generales y abstractas) de creencias compartidas por un grupo.
Las ideologías no son "verdaderas" o "falsas", o más precisamente, que no pueden definirse en términos de verdad o falsedad. Esto no significa que no se pueda constatar que determinados supuestos de una ideología son verdaderos o falsos: las creencias de los racistas sobre los negros, las de los machistas sobre las mujeres o las de los ecologistas sobre los niveles de polución existentes. Lo que quiere destacar es que "las ideologías representan la posibilidad partidista de verdad 'auto servida' de un grupo social".
Las ideologías no se limitan a los grandes ismos, sino que incluyen los "axiomas básicos implícitos en la teoría social que tiene un grupo sobre sí mismo y sobre su posición en la sociedad." Tampoco tienen un poder determinante sobre las producciones del discurso, sino que presentan manifestaciones contextuales variables, sujetas a la influencia de otros factores sociales, sociocognitivos y personales. Por último, más allá de sus manifestaciones, las ideologías son generales y abstractas, lo que se observa en las similitudes de las acciones y discursos de los miembros de un grupo independientemente del contexto específico del que se trate.
Las ideologías son marcos básicos de cognición social, son compartidas por miembros de grupos sociales, están constituidas por selecciones de valores socioculturales relevantes, y se organizan mediante esquemas ideológicos que representan la autodefinición de un grupo. Además de su función social de sostener los intereses de los grupos, las ideologías tienen la función cognitiva de organizar las representaciones (actitudes, conocimientos) sociales del grupo, y así monitorizar indirectamente las prácticas sociales grupales, y por lo tanto también el texto y el habla de sus miembros.
Las ideologías son inherentes a la constitución de los grupos sociales, es decir, al establecimiento entre el ellos y el nosotros.

Un primer paso para la definición de las identidades políticas puede ser pensarlas como un conjunto de representaciones sociales construidas y compartidas por los miembros de una organización política, que operan en la dinámica política y actúan (se activan y monitorean) en las prácticas políticas. Estas representaciones se apoyan a su vez en una base axiomática compartida que permite un lenguaje común por encima de las diferencias que puedan surgir en la práctica política cotidiana. En este sentido, lo ideológico funciona como un sustrato que resulta imprescindible para que la suerte del grupo en cuestión no quede librada sólo a la disputa identitaria, más dinámica e inestable.
La concentración de la información y del acceso a la información en empresas como Google y Facebook permite un control bastante efectivo de la creación y gestión de identidades e ideologías grupales.
Los motores de búsqueda en Internet empezaron siendo una especie de índice temático de sitios web. Hoy, en todo el mundo, googlear algo es prácticamente universalmente aceptado como una frase. Como marca y oferta de servicios, Google es casi insustituible en la vida cotidiana de las personas. Lo que alguna vez fue solo un directorio de sitios web es actualmente una conciencia humana colectiva.
La información que almacena, y el acceso las masas del mundo, le da a Google el poder de manipular la identidad social y las premisas ideológicas de los individuos. Es decir, de cómo percibimos la realidad en lo colectivo, y últimamente, en lo individual. Los metadatos de búsqueda de cada usuario le permiten a Google crear un perfil detallado del usuario, y por lo tanto la capacidad de predecir, y en última instancia manipular, con precisión cómo reacciona el individuo a una campaña propagandística.

El modelo de negocio que respalda a estas corporaciones masivas es la mercadotecnia masiva por Internet Las empresas pagan por ajustar los motores de búsqueda para encontrar clientes y generar ventas. Google puede evaluar la intención de compra, las necesidades de los consumidores y los hábitos de los usuarios, permitiéndole perfilar a los usuarios y ofrecer a sus clientes corporativos un producto mercadológico eficiente y efectivo. Las empresas que pagan por el acceso a estos usuarios son sus consumidores finales, los usuarios de los motores de búsqueda, el producto y servicio.

A medida que crecen los motores de búsqueda y las redes sociales, empresas como Google y Facebook se encuentran con bases de datos cada vez más extensas. Con su negocio, está claro que sus usuarios están aprovechando sus productos. El debate sobre el valor de los servicios gratuitos prevé la pérdida de privacidad a cambio de la conveniencia sociales sigue enfureciéndose. Es un gran problema la acumulación de poder de estas empresas acumuladoras de datos, poder que trasciende su base de usuarios formales y ya se extiende a las actividades del publico en general, inclusive fuera de Internet.

En primer lugar, es completamente discrecional que limites morales o éticos se aplica a las acciones de estas empresas. El usuario individual no tiene los recursos para defenderse de prácticas cuestionables, que en cualquier caso, no entiende o ni siquiera conoce.

Los motores de búsqueda y las redes sociales afectan la opinión pública, las ideologías, y decisiones políticas de alto impactanto. 

La Comisión Europea presentó recientemente una declaración de objeciones contra Google. La Oficina de Competencia de Canadá continúa realizando su propia revisión. Si bien los detalles precisos de las objeciones de las CE no son públicos, sabemos que después de que la FTC cerró su caso con Google, muchos denunciantes argumentan que Google está abusando de su poder y que no les está enviando suficiente tráfico.

¿Es un motor de búsqueda un cancerbero? Se puede alegar que los consumidores tienen muchas formas de navegar por la Web, pueden visitar directamente sus sitios web favoritos, participar en redes sociales, o pasar el tiempo dentro de las aplicaciones móviles. Pero la tecnología está cada vez más arraigada en la vida ocupada de las personas, que buscan respuestas rápidas y recomendaciones confiables, utilizando la configuración de default de sus teléfonos inteligentes. Este tipo de beneficio se ha extendido a áreas como las compras en línea. Con Google o los sitios de la competencia, los usuarios pueden hacer clic en numerosos enlaces y buscar diferentes sitios, luego hacer clic directamente en el comerciante. Y hoy, la mayoría de los compradores en línea van a sitios como Amazon, eBay o sus contrapartes como Allegro y Zalando de Europa o RedFlagDeals de Canadá, sin pasar por alto los motores de búsqueda tradicionales.

Ya sea por iniciativa deGoogle mismo, o por la aplicación de un régimen regulatorio gubernamental, la información proporcionada en Internet esta filtrada por consideraciones ideológicas, políticas, y comerciales. Esto socaba la dinámica democrática, que supuestamente esta sustentada en un público racional e informado, con la elección de opciones sustancialmente diferentes.

Aunque existen diferencias entre centros de poder regionales como Europa, Rusia, China, y Estados Unidos, en muchas formas existe una elite de poder transnacional que trasciende y manipula los centros regionales de poder político. Los resultados de los motores de búsqueda influyen en la visibilidad de diferentes puntos de vista en los debates políticos, culturales y científicos. Tratar los motores de búsqueda como productos editoriales, con sesgos intrínsecos, permite comprender la estructura de los flujos de información en los nuevos medios.

Lejos de ser agregadores neutrales de información, los motores de búsqueda crean una infraestructura de información con características y sesgos específicos.

Paralelamente a la aparición de estos nuevos guardianes de la información global, la producción y difusión del contenido de los medios también ha cambiado drásticamente.

Por otro lado, las reducidas barreras de entrada para la publicación en línea y la explosión de blogs, foros y redes sociales proporciona un territorio abierto para los productores de contenidos alternos, cuyas narrativas han encontrado nuevas audiencias. Los motores de búsqueda son los nuevos medios de comunicación capaces de dar forma al discurso público. Como lo demuestra el auge del campo de optimización de motores de búsqueda (SEO), los motores de búsqueda son un factor decisivo en la formación de la opinión publica.

Los motores de búsqueda pueden empoderar a grupos con ideas no convencionales, o reforzar la posición dominante de los poderosos. Organizan y sirven arbitrariamente contenido, al tiempo que afirman que adoptan criterios "objetivos" de relevancia, muestran grados preocupantes de concentración y falta de transparencia. Además, los motores de búsqueda favorecen la popularidad sobre la confiabilidad y la credibilidad, y presentan sesgos de cobertura geográfica, mientras que suprimen temas controvertidos. En principio, proporcionan nuevas plataformas a grupos marginales, pero los viejos medios siguen siendo dominantes. En principio, el sesgo de los motores de búsqueda es intrínseco a la optimización de los resultados, y que la personalización de la búsqueda mitigará los aspectos negativos de la hegemonía de los motores, en la práctica los algoritmos de búsqueda son manipulados por consideraciones ideológicas, políticas, y comerciales.

La credibilidad de los resultados de búsqueda desempeña un papel crucial en la formación de opinión y, sin embargo, permanece en gran medida sin examinar. Al usar motores de búsqueda, los usuarios están propensos a muchos sesgos subconscientes, que influyen en gran medida en el procesamiento y la percepción de la información. Las investigaciones experimentales sugieren que los usuarios tienden a confiar en la clasificación de los motores de búsqueda de una manera sorprendentemente acrítica.

En resumen, el acceso a la información esta cada vez mas controlado y centralizado, lo que permite manipular la opinión publica de una manera cada vez mas efectiva, afectando la percepción de la realidad mediante filtros ideológicos que deforman la percepción social de la realidad. Por ejemplo, el tema de la afectación ambiental de la activad humana esta politizado, lo que compromete, al inhibir la toma de soluciones adecuadas, la viabilidad a mediano y largo plazo de la humanidad misma.

“Niemand ist hoffnungsloser versklavt als jene, die fälschlicherweise glauben, frei zu sein.”













domingo, 11 de mayo de 2014

Discurso de Fernando Vallejo al recibir el Premio Feria Internacional del Libro de Literatura (FIL) y Lenguas Romances

Como este acto se encamina a su final y ya queda poco tiempo, les diré brevemente que me siento muy honrado por el premio que me dan; que no pienso que lo merezca; que este diploma lo guardaré en mi casa con orgullo; y que los ciento cincuenta mil dólares que lo acompañan se los doy, por partes iguales, a dos asociaciones caritativas de México: los “Amigos de los Animales”, de la señora Martha Alarcón de la ciudad de Jalapa; y los “Animales Desamparados”, de la señora Patricia Rico de la ciudad de México. En mi encuentro del lunes con los jóvenes universitarios que tendrá lugar en esta misma sala, se los entregaré a las señoras.

Habría preferido que esos dólares se los hubiera dado la FIL directamente a ellas sin pasar por mí, porque cuando tomo dinero me tengo que lavar las manos, pero no pudo ser por razones burocráticas. Eso de la lavada de las manos es una manía que me viene de la infancia, de la educación familiar. Cada que cogíamos una moneda, mi mamá nos decía: “Vaya lávese las manos m’hijo, que tocó plata”. (Allá a los niños les hablan de “usted”.) De unos niños educados así, ¿qué se podía esperar? Puros pobres. Me hubieran educado en la escuela del PRI, y hoy estaría millonario. ¡Pero qué iba a haber allá PRI! Medellín era una ciudad encerrada entre montañas, lejos del mundo y sus adelantos. Y mi mamá viendo microbios por todas partes como si fuera bacterióloga. No. Era una señora de su casa entregada a la reproducción como quiere el papa, una santa. ¡Cómo la hicimos sufrir! Muy merecido. ¡Quién la mandó a tener hijos!

De México supe por primera vez de niño, una noche de diciembre próxima a la navidad, lo recuerdo muy bien. Estábamos en el corredor delantero de Santa Anita, la finca de mis abuelos, con mis abuelos, rezando la novena del Niño Dios. Entonces éramos pocos, cinco o seis, aunque después fuimos muchos. Mis papás tenían instalada en Medellín una fábrica de niños: niños carnívoros que alimentaban con costales de salchichas, unos demonios, unas fieras, todos contra todos, mi casa era un manicomio, el pandemónium. El papa, Pío Doce, les mandó de Roma un diploma que un vecino nos compró en la Via della Conciliazione con indulgencia plenaria (que costaban más), para que se fueran los dos derechito al cielo sin pasar por el purgatorio por haber fabricado tanto niño que se les habrían de reunir todos allá a medida que el Señor los fuera llamando. ¡Qué nos iba a llamar! Nos hemos ido yendo de uno en uno a los infiernos y el que nos llamó fue Satanás.

Santa Anita estaba entre los pueblos de Envigado y Sabaneta, en la mitad de la carretera que los une, a ocho kilómetros de Medellín, lejísimos. Hagan de cuenta saliendo de la Ciudad de México camino de Tlanepantla. Teníamos que ir en carro, en el Ford de mi papá. Si no, habríamos podido ir en burro: en la burrita de la canción de Ventura Romero: “Arre que llegando al caminito, achimichú, achimichú. Arre que llegando al caminito, achimichú, achimichú”. Tarata tata tara tara tata tata tara tara tata tata tara tata tá. “¡Burra! ¡Burra! Ya vamos llegando a la Mesa de Cacaxtla. ¡Burra! Arre que llegando al caminito, achimichú, achimichú a mi burrita y aunque vaya enojadita porque no le di su alfalfa porque no le di su máiz”. ¡Qué raro! También en Antioquia decíamos “máiz”! Antioquia es hagan de cuenta Jalisco. El disco de la burrita lo trajeron mis papás de México esa noche. En setenta y ocho revoluciones que era los que había entonces. Una aguja gruesa iba de surco en surco tocándolos (los surcos que abrían en la tierra las yuntas de bueyes roturando los campos de Sayula hace cien años, cuando pasó por aquí mi paisano el poeta Porfirio Barba Jacob), y de tanto tocarlos uno los discos se rayaban y la aguja se atascaba en el rayón, y seguía tocando lo mismo, lo mismo, lo mismo. “Pobrecita mi burrita ya no quiere caminar, da unos pasos p’adelante, otros pasos para atrás…” El disco me sigue resonando desde entonces, atascado, en mi corazón rayado.

Venían de México por el camino de entrada de Santa Anita en dos carros, con los faros rompiendo la oscuridad. Pero en el corredor nosotros no estábamos a oscuras, no: iluminados. ¡Cómo íbamos a rezar a oscuras la novena del Niño Dios! Además en Medellín ya había luz eléctrica. Yo seré viejo pero no tanto. Yo soy posterior al radio y al avión. El que sí me tocó ver llegar fue el televisor, la caja estúpida. Estaban también encendidas esa noche las luces del pesebre, el nacimiento, donde nacía en lo alto de una montaña el Niño Dios. Lucecitas verdes, rojas, azules, amarillas, de todos los colores. Nos íbamos ya a dormir cuando llegaron. Venían cargados de juguetes. Maromeros de cuerda que daban volteretas en el aire… Jeeps con llantas de caucho, o sea de hule… Sombreros de charro para niños y para viejos… Una foto de mis papás en La Villa manejando avión. Las trescientas sesenta y cinco iglesias de Cholula. Un tren eléctrico. La Virgen de Guadalupe. Pocas veces he visto brillar tan fuerte, enceguecedora, la felicidad. Y con el disco de Ventura Romero de la burrita traían, en el álbum de las maravillas, a José Alfredo Jiménez y a Rubén Méndez: “Ella”, “Pénjamo”, y ese “Senderito” que me rompe el alma cantado por Alfredo Pineda, que fue el que amó Medellín. Y al más grande de todos, Fernando Rosas, de Jerónimo de Juárez, Estado de Guerrero, el de la “Carta a Eufemia”: “Cuando recibas esta carta sin razón, Ufemia, ya sabrás que entre nosotros todo terminó, y no la des en recibida por traición, Ufemia, te devuelvo tu palabra, te la vuelvo sin usarla, y que conste en esta carta que acabamos de un jalón”. ¡Muy bien dicho, tocayo, a la China con la méndiga! El fraseo perfecto, la dicción perfecta, y eso que mi tocayo era de Guerrero y cuando hablaba no podía pronunciar las eses. Y las trompetas burlonas detrás de él haciendo jua, jua, jua, en el registro bajo, riéndose de mí y del mundo, y detrás de ellas punteando, siguiéndolas como unos gordos cojos, los guitarrones: do, sol; do, sol; do, sol. Tónica, dominante; tónica, dominante; tónica, dominante. Sólo eso van diciendo, pero sin ellos no hay mariachi, como sin muerto no hubo fiesta.

¡Ah se me olvidaba Chava Flórez, el compositor, el genio de los genios, amigo de mi tocayo Fernando Rosas! Juntos echaron a rodar por el mundo “Peso sobre peso”, la canción más burlona: “Mira, Bartola, ái te dejo estos dos pesos. Pagas la renta, el teléfono y la luz. De lo que sobre, coges d’iái para tu gasto. Guárdame el resto pa comprarme mi alipús”. Ta ra ta ta ta tán. Ésa era la que le cantaba todavía a México el PRI cuando llegué de Nueva York hace cuarenta años. Y se la siguió cantando otros treinta, hasta ajustar setenta, cuando los tumbó mi gallo. ¡Qué noche tan inolvidable aquella cuando lo dijeron por televisión! Tan esplendorosa, o casi, como la de la finca Santa Anita de que les he hablado. Fernando Rosas murió joven, una noche, allá por 1960, en Acapulco. Lo mataron por defender a un borracho al que estaba apaleando la policía. Fernando Rosas, tocayo, paisano, te mató la policía de Acapulco, los esbirros del presidente municipal. La siniestra policía del PRI, semillero de todos los cárteles de México.

Mi gallo era un gallo con botas. No bien subió al poder y se instaló en los Pinos, se infló de vanidad y se transformó en un pavorreal, y el pavorreal en un burro, y la quimera de gallo, pavorreal y burro empezó a rebuznar, a rebuznar, a rebuznar, día y noche sin parar, hasta que ajustó seis años, cuando se le ocurrió, como a Perón con Evita o con Isabelita, que podía seguir rebuznando otros seis a través de su mujer. No se le hizo, no pudo ser. Hoy de vez en cuando rebuzna, pero poco, y lo critican. ¡Por qué! Déjenlo que rebuzne, que se exprese, que él también tiene derecho. Yo soy defensor de los animales. Yo quiero a los burros, a los pavorreales, a los perros, a los gallos. Cuando estoy cerca de ellos se me calma unos instantes el caos de adentro y creo sentir lo que llaman la paz del alma.

Yo venía pues de Nueva York, una ciudad de nadie, un hormiguero promiscuo que nunca quise, y de un país que tampoco, plano, soso, lleno de gringos ventajosos y sin música. Los anglosajones no nacieron para la música: se enmarihuanan y con una guitarra eléctrica y un bombo hacen ruido. Mi primera noche en México, en la plaza Garibaldi, ¡cómo la voy a olvidar! Cien mariachis tocando cada cual por su lado en un caos hermoso. Todo lo que tocaban me lo sabía. Y más. Yo sabía de boleros y rancheras lo que nadie. Entré al Tenampa. ¿La hora? Diez de la noche. Me sentía como un curita de pueblo tercermundista entrando al Vaticano por primera vez, y que se arrodilla para comulgar. Yo también comulgué, pero con tequila. Desde un mural de una pared enmarcado por unos tubos fluorescentes de colores me miraba José Alfredo, y en la noche del Tenampa brillaba el sol de México. “¿Qué más va a tomar, joven?”, me preguntó el mesero. “Otro”. Entonces sí estaba joven, pero hoy me siguen preguntando igual: “¿Qué va a tomar joven?” ¡Cómo no va a ser maravilloso un país donde la gente ve tan bien!

Y el amanecer, mi primer amanecer, ¡qué amanecer! Había llegado a un hotelito viejo, pobre, del centro, de altos techos, fresco, de otros tiempos, el más hermoso en que haya estado. Me despertaron las campanas y los gallos. ¿Tañido de campanas? ¿Canto de gallos? ¡Claro, los gallos de las azoteas y las campanas de las iglesias, y el sol entrando por mi ventana! ¡Y yo que venía del invierno de Nueva York donde amanecía a las diez y oscurecía a las cuatro y se me achicaba el alma! Salí a la calle, al rumor envolvente de la calle. México vivo, el del pasado más profundo, el eterno, el mío, el que se ha detenido en mi recuerdo, el de siempre, el que no cambia, el que no pasa, el de ayer. “¿En qué estás pensando, México? ¿A quién quieres para quererlo? ¿A quién odias para odiarlo?” Inescrutable. Ni una palabra. Jamás me contestó. Entonces aprendí a callar. Y han pasado cuarenta años desde esa noche en el Tenampa y ese amanecer en ese hotelito de la calle de Isabel la Católica y esa mañana soleada, y me fui quedando, quedando, quedando, y aquí he escrito todos mis libros y hoy me piden que hable, pero como México calla, yo tampoco pienso hablar. Sólo para decirles que me siguen resonando en el alma unas canciones.

Yo digo que la muerte no es tan terrible como se cree. Ha de ser como un sueño sin sueños, del cual simplemente no despertamos. Yo no la pienso llamar. Pero cuando llegue y llame a mi puerta, con gusto le abro.

Nadie tiene la obligación de hacer el bien, todos tenemos la obligación de no hacer el mal. Y diez mandamientos son muchos, con tres basta:

Uno, no te reproduzcas que no tienes derecho, nadie te lo dio; no le hagas a otro el mal que te hicieron a ti sacándote de la paz de la nada, a la que tarde que temprano tendrás que volver, comido por los gusanos o las llamas.

Dos, respeta a los animales que tengan un sistema nervioso complejo, como las vacas y los cerdos, por el cual sienten el hambre, el dolor, la sed, el miedo, el terror cuando los acuchillan en los mataderos, como lo sentirías tú, y que por lo tanto son tu prójimo. Quítate la venda moral que te pusieron en los ojos desde niño y que hoy te impide percibir su tragedia y su dolor. Si Cristo no los vio, si no tuvo ni una palabra de amor por ellos, ni una sola (y búscala en los evangelios a ver si está), despreocúpate de Cristo, que ni siquiera existió. Es un burdo mito. Nadie puede probar su existencia histórica, real. Tal vez aquí el cardenal Sandoval Íñiguez…

Y tres, no votes. No te dejes engañar por los bribones de la democracia, y recuerda siempre que: que no hay servidores públicos sino aprovechadores públicos. Escoger al malo para evitar al peor es inmoral. No alcahuetees a ninguno de estos sinvergüenzas con tu voto. Que el que llegue llegue respaldado por el viento y por el voto de su madre. Y si por la falta de tu voto, porque el día de las elecciones no saliste a votar un tirano se apodera de tu país, ¡mátalo!

A Jorge Volpi le agradezco el dictamen tan generoso que ha leído, y a Juan Cruz sus adjetivos. Querido Juan: ya sé que si hubieras tenido más tiempo me habrías puesto más, siquiera unos quinientos. No importa. Con los que me alcanzaste a dar me conformo.

Algunos amigos vinieron desde muy lejos a Guadalajara a acompañarme. Me siento muy contento de estar hoy con ustedes en esta Feria tan hermosa, que pronto se llenará de niños y de jóvenes, y de haber vuelto a Jalisco, la tierra de Rulfo, donde los muertos hablan.

domingo, 27 de octubre de 2013

Discurso de GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ al recibir el Premio Nobel de Literatura

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.

Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonio más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los Cronistas de Indias nos legaron otros incontables. El dorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros, y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana encargada de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.

La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santa Anna, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general Gabriel García Morena gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.

Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetu que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéros sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. Ha habido 5 guerras y 17 golpes de Estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto, 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi 120 mil, que es como si hoy no se supiera donde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres encintas fueron arrestadas y dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 muertes violentas en cuatro años.

De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 12 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el pais más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos.

El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América Latina, tendría una población más numerosa que Noruega.

Me atrevo a pensar, que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de las Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual este colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy
poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.

Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construirse su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de la
incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aun en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa como soldados de fortuna. Aun en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.

No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos
mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos hará sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.

América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental. No obstante, los progresos de la
navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.

Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.

Un día como el de hoy, mi maestro William Faulkner dijo en este lugar: “Me niego a admitir el fin del hombre”. No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32
años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.

Discurso del escritor, el 8 de diciembre de 1982, al recibir el Premio Nobel de Literatura en Estocolmo, Suecia

domingo, 20 de enero de 2013

La lucha que emprendio Felipe Calderón

13 de enero del 2013
David T. Ellwood Dean,
Harvard Kennedy School
Scott M. Black Professor of Political Economy
david_ellwood@Harvard.Edu

Estimado Profesor Ellwood,

En la Declaración de Derechos y Responsabilidades de la Kennedy School se dice que quienes forman parte de esa comunidad se distinguen por respetar “la dignidad de otros” y por tomar en cuenta las “consecuencias que las políticas tienen en las personas”. En la Misión de la Universidad de Harvard se lee que sus integrantes asumirán la “responsabilidad por las consecuencias de [las] acciones personales”. Dado que el expresidente de México Felipe Calderón es investigador asociado de la Kennedy School ¿qué tanto cumple con esos criterios? Hay aspectos que reconocerle a la gestión de Felipe Calderón (2006-2012).

Rindió cuentas positivas en cifras macroeconómicas y salvo algunas excepciones importantes tiene un historial razonable en libertad de expresión y acceso a la información. Como parte de la normalidad democrática el análisis de su gestión ya está haciéndose en las universidades. Lo que se discute intensamente es la responsabilidad que tuvo en la tragedia humanitaria causada por esa guerra: más de 60 mil muertes, al menos 25 mil personas desaparecidas, 260 mil desplazados, 18 mil migrantes secuestrados cada año, etcétera.

Las principales organizaciones de derechos humanos del mundo (Amnistía Internacional, Freedom House, Human Rights Watch, etcétera) coinciden en que México vive una crisis humanitaria sin precedentes debida, en parte, a decisiones tomadas por el expresidente Calderón quien, incluso, tiene dos denuncias ante la Corte Penal Internacional.

Sería injusto acusar a Felipe Calderón de haber ordenado la barbarie. Sí podemos asegurar que no respetó la dignidad de las víctimas, se desentendió de las consecuencias de sus políticas y evadió la responsabilidad de sus actos. Por razones de espacio nos centraremos en la tragedia de los desaparecidos. Calderón se comprometió en diversas ocasiones a crear un Registro Nacional de Víctimas porque según declaró en octubre del 2012 es importante que “todos sepamos dónde está la gente que más sufre”.

La Procuraduría General de la República sí elaboró una lista de desaparecidos durante los seis años de Calderón, pero nunca lo dio a conocer. Cuando terminaba su gobierno funcionarios de la PGR le entregaron al corresponsal del Washington Post, William Booth una lista con 25 mil desaparecidos (publicada el 29 de noviembre).

El Centro de Investigación y Capacitación de Propuesta Cívica recibió de Tracy Wilkinson corresponsal de Los Angeles Times un documento que ella también obtuvo de empleados de la PGR. Tiene los nombres, apellidos y condiciones de desaparición de 20,851 personas durante cinco años y medio del gobierno de Felipe Calderón (www.propuestacivica.org.mx). El documento demuestra la poca prioridad que su administración le dio al asunto: las denuncias no fueron investigadas y los familiares no fueron informados.

El Estado mexicano ya tiene una sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos sobre el tema de desaparición forzada (caso Rosendo Radilla): en ella se indica que existe la obligación de investigar la suerte de los desaparecidos e informar a los familiares. Además, el 20 de diciembre de 2011, el Grupo de Trabajo sobre Desapariciones Forzadas o Involuntarias de las Naciones Unidas, hizo público su informe derivado de la misión que en marzo de ese mismo año realizó a México (A/HRC/19/58/Add.2). Ahí se describe con objetividad y mucho detalle la situación que se gestó durante la administración del presidente Calderón. No obstante el lenguaje diplomático que se acostumbra en este tipo de documentos, en ese informe se descubre la responsabilidad gubernamental, se enfatiza recurrentemente la participación de agentes del estado a nivel federal en las desapariciones y la ausencia de medidas para solucionar la situación. Señaladamente, el informe reprueba el uso de las fuerzas armadas en labores de seguridad, por propiciar graves violaciones de derechos humanos, y recomienda su retiro paulatino pero en el corto plazo. El Gobierno de Calderón se limitó a ignorar las recomendaciones del Grupo de Trabajo de Naciones Unidas y las peticiones que organizaciones y académicos de México y el mundo hemos hecho. Por ello es que sostenemos que Felipe Calderón es presunto responsable de la violación de los derechos de al menos 25 mil víctimas de la desaparición forzada.

Profesor Ellwood, usted calificó al “presidente Calderón de ejemplo vivo de un servidor público dinámico y comprometido”. ¿Cómo puede usted sustentar dicha afirmación, cuando hay tanta evidencia en contra?. Felipe Calderón fue un presidente insensible: su gobierno no investigó lo sucedido con los desaparecidos y ocultó de manera deliberada información importantísima para las familias. Franklin Delano Roosevelt justificó la Ley de Préstamos y Arriendos (marzo de 1941) para entregar equipo bélico y humanitario a los aliados amenazados por los países del Eje diciendo que se trata de “ayudar a apagar el fuego en la casa del vecino antes de que tu casa se incendie y termine hecha cenizas”. México se consume en una tragedia humanitaria ante la indiferencia de una parte de la sociedad estadunidense. Otra, por el contrario nos ha acompañado todo el tiempo y ha enjuagado nuestras lágrimas y restañado nuestras heridas.

En suma, profesor Ellwood, consideramos que la incorporación de Felipe Calderón como investigador visitante de la Kennedy School es un insulto a las víctimas de la violencia en México. Es por ello que le solicitamos respetuosa y formalmente que nos informe por escrito las razones que llevaron a la Kennedy School a incorporar a Felipe Calderón como integrante del Programa Global Angelopoulos de Líderes Públicos del John F. Kennedy School of Government de la Universidad de Harvard. Con base en la información aquí presentada no cumple con los criterios éticos de esta institución.

Javier Sicilia
Movimiento por la Paz con Justicia y

Dignidad Sergio Aguayo
Profesor de El Colegio de México,
presidente de Propuesta Cívica

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